PAISIBLE-LAUTREC

Este viaje comienza en una biblioteca, allá donde duermen las historias que ya fueron nuestras y las que aún no han pasado por nuestro organismo. Pueden ser múltiples los motivos que interrumpan el sueño eterno de los libros, pero cuando uno de ellos salta de la estantería a los brazos, se abre un túnel espacio temporal, y los límites del universo conocido tambalean. Empieza la revolución.

En esta aventura vamos a sentarnos a la mesa de dos personajes muy relevantes de la historia de las artes. No tienen, en apariencia, casi nada en común, y, sin embargo, el amor por la cocina y la buena mesa, que nunca trascendieron como parte de sus talentos, son los que han desatado este viaje por la historia y la forma de entender el arte de poner una mesa y de recibir en torno a ella.

Se trata de Toulouse Lautrec, pintor postimpresionista y cartelista de las noches parisinas de finales del s/XIX, y Audrey Hepburn, la estrella indiscutible de Hollywood, icono de la moda durante décadas y activista de Unicef.

Toulouse nos invitaría a su casa familiar en Albí, cerca de Toulouse, en el sur de Francia, y nos encontraríamos sobre la mesa el menú del día decorado con sus propias ilustraciones. Nos serviría cualquiera de sus especialidades, como codornices en cenizas, filetes guisados de marsopa o "saltamontes a la parrilla al estilo de San Juan el Bautista".

Así como él ponía en práctica la experimentación y la mezcla para llegar a la perfección de su arte espontáneo, nosotras hemos interpretado su mesa mezclado técnicas y bordados sobre lino, jugando con colores ocres, rojos, rosados, ámbar y toques de verde caqui. Destellos de cristalería en tonos naranjas, rojos y amarillos, y piezas de frutas y hortalizas aquí y allá para conseguir una mesa muy suculenta y con fuerte personalidad.

Audrey, en cambio, nos recibiría en su coqueta casa de Suiza, La Paisible, y nos deleitaría con platos típicos de cocina italiana, de donde era su segundo marido, con toques muy “made in América”, como el Apple crumble de postre, o la incorporación del Kétchup en alguna de sus salsas. El espectáculo de su mesa sería etéreo, transparente, delicado y con un punto naif, todo salpicado de rosas y flores silvestres, como si flotáramos en su sonrisa.

Comeríamos en una preciosa vajilla de porcelana de Limoges con un delicado Toile de pajaritos en azul cielo, cristalería transparente de diferentes formas y tamaños, y servilletas en tonalidades pastel brillante, como el amarillo, el celeste o el lila.

Para el gran público, el pintor pintaba y la actriz actuaba, pero ambos, cuando se quitaban la trementina y el maquillaje, se ponían un delantal de cocina y mimaban a los suyos con una forma de amor menos convencional pero enormemente poderosa, que es a través de los alimentos.

Una era floral, el otro, más frutal -ni en eso se parecían- pero ambos se ganaron el título de “anfitriones” por parte de quienes los conocían, y probablemente esta afición desinteresada y volcada exclusivamente en la convivencia y en el deseo que complacer, les dio tantas o más alegrías que los triunfos sonados y vitoreados de puertas afuera.

Esa es la esencia del viaje Paisible-Lautrec, los pedacitos de talento que van cayendo por el camino, la belleza en la espontaneidad de saberse a salvo de las miradas ajenas, la generosidad de recibir y sorprender a quien se sienta a la mesa.

Un bocado de intimidad que nosotras te servimos en dos propuestas llenas de arte, historia y risas detenidas en el tiempo.

 Bon Apetite!

Los libros que han sido responsables de enseñarnos estas facetas tan poco conocidas de ambos son “Audrey en casa”, un delicioso álbum de fotos familiares inéditas y un recopilatorio de sus recetas favoritas escritas de su puño y letra, con consejos y trucos caseros. Con él, Luca Dotti, hijo de Audrey, quiso revindicar el recuerdo amoroso de su madre cuando estaba en casa y no era la estrella.
“The art of cuisine”, otra maravilla de libro, por desgracia ya descatalogado, que recopila las recetas inventadas por Toulouse Lautrec y las versiones personales de sus platos predilectos de la cocina francesa. Maurice Joyant, marchante de arte y amigo del pintor, coleccionó durante años las recetas con las que se lucía ante sus variopintas amistades de mundo de la noche, la bohemia y la burguesía de la Belle Epoque.

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