Despertar en Rabat

Despertar en Rabat

Normalmente cuando despierto tardo unos segundos en abrir los ojos porque intento recordar dónde estoy y qué me voy a encontrar cuando mis párpados suban el telón de nuevo. Olvidar en qué parte del mundo me he ido a dormir es muy habitual en mí y en las personas que viajamos mucho.

Esta vez por más que lo intentaba no conseguía reconstruir mis últimas horas antes de que cayera dormida, por lo que no sabía qué me esperaba ahí fuera rodeando mi ente corpóreo. Tuve que aguzar mis otros sentidos por ver si recibía alguna pista: dolor de articulaciones, y mucho calor. Poca ayuda. Estar en un sitio cálido no adquiere ni siquiera categoría de pista en mi vida nómada. Entonces decidí abrir los ojos y me vi en medio del desierto tumbada al lado de un niño de unos 10 años rubio y vestido de color verde, con la certeza de no conocerle de antes, pero a la vez de saber quién es. Podría haber gritado, despertar al lado de un desconocido es suficiente motivo para hacerlo, pero no lo hice, el niño me miró con ojos transparentes, sonrió y me dijo.

- ¿te encuentras mejor? Busquemos un pozo.

- En el desierto no hay pozos- le dije, como si esa fuese la manera normal de comenzar una conversación.

- Lo que hace bello el desierto es ese pozo escondido en algún sitio, lo mismo que lo que hace bellas a las estrellas es una rosa esperándome en algún lugar.

¿De qué me sonaba todo aquello? El dolor de cabeza y el aturdimiento no me dejaban pensar con claridad.

- Como dijo mi amigo el zorro- continuó hablando mi pequeño acompañante- lo esencial es invisible a los ojos, y no se ve bien si no es con el corazón.

Entonces caí. Era él, el protagonista de uno de los primeros libros de mi infancia: el Principito. ¿Cómo era posible? No lo sé, pero era muy real. Me hablaba de su rosa, y de lo bella que era entre todas las rosas que no eran su rosa.

- Dibújame una rosa- me dijo.

- querrás decir un cordero- le repliqué apelando a mi memoria.

- No, el cordero me lo regaló el aviador, yo quiero que me dibujes una rosa para recordar a mi rosa, bella entre todas las rosas.

Y le tracé una rosa poco convencional. Mientras admiraba callado mi dibujo, vi aparecer tras él una serpiente, quise advertirle, pero no pude, mi voz luchaba contra mi garganta pero no conseguía salir, y en algún momento de esa batalla mis ojos volvieron a bajar el telón sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Amanecí en una cama de lo que parecía un pequeño hospital. Era una estancia bastante amplia con una docena de camas, la mitad de ellas ocupadas por otros pacientes que dormían. Mi brazo estaba vendado y conectado al goteo, y a mi lado una ventana y un cielo que delataba que pronto saldría el sol. Busqué al Principito a mi vera, pero tal como sospeché, ya no estaba allí. Entró en mi campo de visión una enfermera silenciosa que tras comprobar mis constantes me sonrió.

- ¿Cómo te encuentras?

- ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?

- Estás en Rabat y te estás recuperando de la mordedura de una serpiente del desierto.

Su respuesta bloqueó el resto de preguntas que se agolpaban en mi boca y empecé a recordar: nuestra excursión al desierto, nuestra travesía, la belleza de las dunas, la quietud de las noches, el millar de estrellas, las charlas con los compañeros de viaje, los silencios conmigo misma, el despertar antes del alba, el calor al mediodía, la sed… y la serpiente amarilla erguida ante mí. Mi libreta descansaba en la mesita de noche y a juzgar por su estado, había sufrido bastante en las últimas horas.

La hojeé con movimientos automáticos y la mirada perdida en mis apuntes intentando hilar los recuerdos hasta que me detuve en seco en la última página.

Ahí estaba ella, bella y poco convencional, mirándome desde el centro de la página, la rosa que me pidió que le dibujara mi amigo el Principito.