Calafia: el pintor y su reina

Siempre he tenido una debilidad por las búsquedas de tesoro. Encontrar lo enterrado, descubrir lo oculto, buscar huellas y perseguir hilos era mi pasión, como Ariadna en su laberinto.

En mi familia esta afición siempre la habían fomentado. Mis abuelos solían esconder chocolates por toda su casa y presentarme con acertijos. Las claves las ocultaban detrás de pistas sobre historia y otras culturas, por lo que la satisfacción de encontrar los bombones no solo venía al comerlos, sino también por la sensación de haber viajado por todo el mundo en una tarde.

- Me tomé el encargo del profesor Galagowski como un desafío personal. Si la conexión entre Slim Aarons y Dorothea Lange era un tesoro, yo iba a ser la que lo fuera a descubrir - le comenté a mi equipo.

- Y seguramente no has parado hasta encontrarla - dijo Martina, sonriendo, conocedora de la manera en que las ideas entraban en mi cabeza y no cesaban de resonar.

Sonreí.

- No exactamente. Mi primera parada fue en la biblioteca.

***

Había apilado unos libros en mi escritorio y no pensaba moverme de ahí hasta haberlos ojeado todos. Si bien muchos estudiantes habrían optado por la facilidad de un navegador, nada se comparaba al olor a papel añejo, donde podían encerrarse todos los secretos del universo. Poco a poco, los mundos de Dorothea Lange y de Slim Aarons se abrieron ante mí. Pero la conexión aún no estaba clara.

Una fotoperiodista empeñada en enseñarle al mundo realidades distintas a las propias frente a un fotógrafo especializado en farándula y en retratar la buena vida de los más beneficiados… ¿cómo unir a dos perfectos opuestos? Incluso sus técnicas eran distintas. El dramático blanco y negro frente a los colores más estridentes… ¿dónde estaba el vínculo?

Una fotografía de Dorothea Lange vs. una fotografía de Slim Aarons
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- ¿Y Max dónde aparece? - preguntó Sofía. Todos comenzaron a reír, divertidos por su impaciencia.

- Max aparece con un mail.

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“Nos vemos a las 15 donde el marido homenajeó a la reina” ponía en su correo. Parecía una competencia con el profesor en donde el ganador sería el más críptico de todos. ¿Qué significaba aquella frase? Miré mi reloj. Eran las 12 del mediodía, así que mejor me convenía apresurarme.

Dividí la frase en sus varios misteriosos componentes. Primero debía encontrar al marido y luego dedicarme a la reina. ¿Sería el esposo de Lange? ¿Sería ella su reina? Cogí una biografía de la fotógrafa y comencé a ojear el índice temático, en busca del nombre de su marido.

Maynard Dixon había estado casado con Dorothea Lange por quince años, y juntos habían tenido dos hijos. Había sido una familia dedicada a el arte y las imágenes: mientras una se dedicaba a capturar el momento en instantáneas, el otro pintaba sensaciones e impresionantes paisajes en el desierto de California. Eran famosas sus excursiones al desierto, en donde él pintaba mientras ella fotografiaba sus alrededores.

¿Sería ese el marido que Max me había mencionado en su mensaje? Como atacada por un hambre voraz me dirigí a los estantes, en busca de alguna pista que me revelara quién podía ser la reina que veneraba Dixon.

La respuesta la encontré en una biografía del pintor. En el centro había una sección impresa en papel brillante, con las mejores obras del pintor. Y una imagen de un salón destacaba.

***

- ¿Quién era la reina, entonces? ¿Lange? - preguntó Joaquín.

- No. La reina era una historia - respondí.

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El hotel Mark Hopkins era uno de los más importantes de San Francisco, testigo de gran parte de la historia de la ciudad. Hoy sus puertas permanecían abiertas, mezclando lo histórico con lo moderno. El restaurante Top of the Mark no dejaba ser uno de los mejores de la ciudad.

Max estaba en el centro del Room of the Dons, admirando a la reina en el mural. Me acerqué a él.

- Imagínate enamorarte tanto de un personaje que comienzas a buscarlo en la realidad, al punto de creer encontrarte con su tierra y darle su nombre. Imagínate entonces que esa tierra no era lo que creías, pero tu pasión por ese nombre es tan grande que ya ha echado raíces, y ha sobrevivido guerras políticas y reconquistas, al punto que hoy sigue llamándose igual.

Miré el sector del mural al que estábamos volteados. Una mujer negra vestía unos densos ropajes. Llevaba una corona de plumas.

- Me encantaría enamorarme de un libro tanto como Hernán Cortés cuando descubrió California. Aunque no sé de qué serviría. Ya no queda nada que descubrir.

Calafia parecía mirarnos desde arriba.

- Te equivocas - le respondí.

Max se volvió a mirarme.

- Todavía nos queda descubrir el vínculo entre nuestros fotógrafos.

- No es lo mismo - me respondió. - Eso ya lo  conoce el profesor. Hablo de algo que nadie en el mundo conozca.

- ¿Tú lo sabes?

Max me miró y sacudió la cabeza en negativa.

- Por un momento pensé que Calafia era la respuesta. Pero no, no sé qué es aún.

- Entonces eso es algo que a tu mundo le queda por descubrir. Y tu mundo es el que importa.

Nos miramos. Él sonrió.

- ¿Cuándo nos vamos?

***

Al día siguiente, Fernanda nos reunió a todos en la sala de reuniones.

- Estuve leyendo más información sobre Hernán Cortés y Calafia - dijo. - En base a la historia dibujé esto.

Sobre la mesa colocó un dibujo. Todos nos acercamos a admirarlo.

Sonreí.

El árbol había dado sus frutos.